Escribir contra el verano

Escribir es complicado en verano. Tienes todo el tiempo del mundo pero ninguna motivación. Ahora mismo estoy en la costa y creo que el titulo de esta entrada debería ser: “Escribir contra la playa” porque es aquí donde no puedo escribir. Otros años, en el campo o incluso trabajando he podido escribir en verano, pero ¡sorpresa! no puedo escribir cerca del mar (sospecho que el agua me emboba).

Mi único pasatiempo ahora mismo es el mar y los libros. Me he traído una maleta entera llena de libros para pasar un solo mes. Puedo llegar a leerme un libro al día (si es cortito, soy humana al fin y al cabo). Parece que es lo único en lo que puedo concentrarme y no puedo evitar sentirme culpable al no escribir o editar. Miro al mar, a la arena y mi caja con mi manuscrito; reconcomiendome mi incapacidad de no ser más responsable como escritor. (He comprado una caja preciosa que me hace muy feliz y orgullosa porque así llevo a mi manuscrito a medio editar a todas partes conmigo).

Se supone que ahora con todo el tiempo del mundo puedo editar esos capítulos que he traído. Tengo todo lo necesario: el manuscrito impreso, bolis de colorines y lo más importante: tiempo. Se suponía que sería fácil.

En cambio no lo es.

Estoy tan satisfecha que no necesito buscar la compañía de escribir. Mis personajes están en paz, porque yo ahora lo estoy. Creo que si intento escribir o editar mi libro, mis personajes en vez de luchar a muerte se tomarán una cervecita en la playa mientras se trenzan el pelo, (donde se encuentran no hay playa, así que lo veo complicado).

Es como si la playa haya cambiado mi persona; me haga distinta y entonces, no sea la misma escritora. En este paraíso no encajan los zombis en mi imaginación. Aquí me imagino escribiendo una corta novela contemperanea romántica sobre una chica que conoce a chico en la playa y se enamoran en una escasa trama salvo que los dos son tontos como los amantes de Teruel (¡y ojo! acabarían felices comiendo perdices bebiendo cervecitas en el chiringuito).

Puede que el sol me haga más reacia, puede que deba adaptarme a mi nuevo entorno o puede que deba descansar. Escribir requiere toda nuestra energía. No es tan fácil como escribir una frase y darse por satisfecho. Requiere mucho más de ti. Por la noche, que es cuando encuentro que puedo editar porque mi familia no está cerca para distraerme, es cuando se me cierran los parpados del cansancio. Mi manuscrito a mi lado olvidado.

No puedo escribir, ni tampoco puedo editar.


Pero no todo significa sufrimiento y culpabilidad. No escribo porque necesite dinero, sino porque me gusta, y ahora mismo, si me forzara a ello, acabaría detestándolo. Mi solución: disfrutar de la playa y el sol. Bañarme en el mar y buscar inspiración entre las olas (me ha quedado esa frase demasiado cliché para mi gusto, de nada).

Es el momento de darme un mes para relajarme y pensar. A veces pienso demasiado y solo quiero mirar al horizonte sin estar imaginándome baños de sangre y el perfecto desarrollo del carácter de mis personajes. Verano es muy distintos a los demás meses del año. Es la definición de descanso. Con suerte, el próximo mes podré escribir hasta hartarme porque finalmente, me he tomado un respiro.

O eso espero, escribir no es tan tangible como nos gustaría que fuera. Puedo forzarme a escribir cada día un mínimo de palabras, pero tampoco necesito hacerlo. Escribir puede que sea un ímpetu de ansia y necesidad. El pináculo de nuestra diligencia.

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